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El Rey del brillo

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Magalys Chaviano Oct. 17, 2019 Historias 277 0

José Caridad Vives Brunet es uno de esos personajes que nos recuerdan cuánto está la identidad de un barrio ligada a su gente. ¿Quién no le conoce en Pastorita? Pequeño, negro como el ébano y un saludador natural, se pasea por todo el barrio con su cajón de limpiabotas, en un entorno en el que cada vez son menos los zapatos a lustrar. Pero Vives, como todos le conocen, es además humilde, sencillo y buena persona, títulos que lo engrandecen. Y aunque se dedica desde la jubilación a dar brillo, tuvo antes otros oficios.

 

“Yo me hice maestro, lo estudié durante cinco años, uno en Minas del Frío, dos en Topes de Collantes y dos en La Habana, fue una etapa linda de mi vida. Al terminar, trabajé unos años enseñando, pero tú sabes, me ubicaron en la ciudad y yo quería el campo, y eso como que me desanimó un poco, y entonces busqué otra cosa que hacer”, cuenta mientras le da brillo a unas botas de trabajo y sus manos se mueven al lustrar con energía, y todo aquel que pasa lo saluda. Es domingo en la mañana, jornada de faena para el limpiabotas del vecindario.

Comenzaba a inicios de los años 70 la construcción y montaje de una Planta de Fertilizantes en Cienfuegos, símbolo de tiempos nuevos, de industrialización, proyecto al que se sumaron muchos jóvenes, entre ellos José Caridad. “Dejé el aula y me fui a ‘Ferlizantes’. Comencé como ayudante de mecánica. Pero quién te dice que cuando vieron en mi expediente el título de maestro, me dieron la misión de dar clases a trabajadores que tenían un bajo nivel cultural. Entonces el país tenía una Campaña para elevar la educación de los obreros. Y ahí volví a ser educador, en tiempo extra, antes y después de culminar la jornada laboral; y no acepté una moneda por hacerlo”.

Y así transitó por la vida José Caridad, volvió a enseñar en un aula, en la que esta vez no se sentaban niños, sino sus propios colegas de oficio, y para ello madrugaba y se acostaba tarde; al tiempo que llaves, destornilladores, tuercas y tornillos completaban su jornada.

“Soy de una familia de once hermanos, recuerdo que cuando pequeño asistía a la escuela descalzo y eso me apenaba, un día le dije a mi madre que no iría más; pero mis maestros me ayudaron, me regalaban camisas del colegio de los Maristas, zapatos de uso, estaban muy interesados en que no abandonara los estudios porque sacaba buenas notas. Entonces fue que comencé como limpiabotas en los ratos en que no tenía clases, y con lo que ganaba, pagaba el comedor escolar, un par de tennis para el año y daba algo para contribuir al sustento familiar”.

Son casi las 11 de la mañana y Vives termina la faena de domingo. Comienza a guardar los atriles en su cajón, y se me antoja que son objetos tan humildes como su propia existencia. Le comento que Malcom X fue limpiabotas en el famoso club neoyorquino Lindy Hop; y que incluso la primera fotografía donde aparecen personas refleja a un limpiabotas en plena faena, y fue tomada, según fuentes, en 1839 por Louis Daguerre al Boulevard du Temple en París, desde una ventana. Sonríe y comenta:

“Este es un oficio importante y antiguo, fíjate que lo desempeñé de niño y ahora en mi jubilación. Tengo un hijo que necesita de mí, su madre falleció cuando tenía dos años, ya es un hombre claro, pero la crianza ha sido dura, porque al faltarle ella desde pequeño, confronta problemas de trastornos de la personalidad, pero ahí vamos, sacando de lo que aprendí como maestro, con mucha constancia y mi cajón al hombro, porque con dignidad y decencia la vida se lleva, no digo yo”, se despide y me quedo mirándolo, con su andar lento, pequeño, septuagenario, saludando a la gente del barrio a ambos lados de la calle, y se me antoja compararlo con un monarca al que reverencian, y por qué no, José Caridad es el Rey del brillo.

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